Friday, March 30, 2007

EL CAOS

EL CAOS

Por José Dávila



De pronto en la gran ciudad la vida se paralizó.
Todo mundo fue presa del espanto. En calles, avenidas, oficinas, aeropuertos, restoranes, hogares, bares, dependencias oficiales, bancos, hogares, almacenes, iglesias, museos, cárceles, trenes, hospitales, correos, autopistas, bolsas de valores, cafeterías, cantinas, librerías, y hasta en el mismo cielo, el tiempo se detuvo.
Una mezcla de sorpresa y ansiedad cundió como la peste bubónica entre la población. En los rostros atónitos se adivinaba la confusión, la impotencia, la desesperación.
Multitudes humanas que desde temprana hora de la mañana transitaban por todas las arterias viales de la metrópoli, con la vista fija en el suelo o perdida en el horizonte infinito, parloteaban con un teléfono celular pegado al oído. Su entorno les era invisible. Solo dialogaban para sí mismos. Unos hablaban excitados, otros calmos o sonrientes; lo mismo en voz baja que sonora. Se discutían negocios, confirmaban citas, proponían negocios, consolidaban compromisos, nuevos proyectos de inversión; se reportaban con sus asesores, psiquiatras, licenciados, empresarios, clientes, le reclamaban al plomero, al mecánico o intentaban localizar un proveedor. Desde luego melosamente susurraban con sus amantes, le decían “hola” a su mamá y a saber cuántas cosas más cocinaban.
Entonces, sucedió lo inesperado... En menos de un suspiro, los celulares se apagaron como si fueran cómplices de una gigantesca conjura.
La muchedumbre, de un silencio espectral transitó a un murmullo de incredulidad, después a un vocerío dubitativo, hasta convertirse en una tormenta de gritos, desatinos, reclamos y preguntas sin respuesta.
La gente, irritada, al borde de la paranoia, se consultaba entre sí en inútil esfuerzo por encontrar una razonable explicación.
-¿Funciona su celular?
-No.¿Y el de usted?
-Tampoco.
-¿Y el suyo?
-Menos.
-¿Qué está sucediendo?
.Lo ignoro.
-¡Alguien tiene un celular encendido!
-¡¡¡¡Noooo!!!!
-¡Dios mío! ¿Y ahora qué vamos a hacer?” –se preguntaban unos a otros con el terror dibujado en el semblante como si aproximara el día del juicio final.
¡Era el caos!
No podía ser. El problema se antojaba inaudito. ¡No, no, no era posible!
¿Dónde se extravió la moderna tecnología? ¿Qué estaba aconteciendo? Simplemente una catástrofe: los celulares habían enmudecido. Miles, millones de aparatos de todos los modelos y colores, con cámara fotográfica, música, agenda, juegos virtuales, internet o computadora, se negaban a cobrar vida.
Incrédulos, los desesperados usuarios insistían en oprimir los teclados sin obtener respuesta. Los aparatos dormitaban. ¡Malditos sean! ¡Mil veces malditos sean!
A estas alturas se ignoraba que la incomunicación total era a causa de una gran falla en el circuito de antenas que hacían posible conectar la red virtual.
Cuando la gente alcanzó el desespero total, empezó a correr de un lado a otro sin rumbo definido. Habían perdido la brújula. El tráfico vehicular se convirtió en un gigantesco congestionamiento. Boquiabiertos se veían unos a otros encogiéndose de hombros.
Los hombres de negocios empezaron a enloquecer. Las pérdidas que se registrarían por esta causa serían multimillonarias. Las mujeres en el salón de belleza o al volante de su automóvil, inútilmente intentaba hablar; por vez primera se les impedía practicar el banal arte de la adulación o la descalificación y eso equivalía a una muerte segura. ¿Cómo se iban a enterar de los chismes de última hora? Los jóvenes no se quedaban atrás al verse impedidos de entablar melosas conversaciones con sus amadas parejas.
Todos, como entes desequilibradas, aullaban, rogaban, injuriaban, se jalaban los pelos, pataleaban y suplicaban al Todopoderoso; sin embargo, los indiferentes celulares se mantenían en huelga. Las horas avanzaban y por doquier privaba el síndrome de Parkinson en fase terminal.
Las mentes no reaccionaban. Nadie podía prescindir del celular. Representaba la disyuntiva del ser o no ser. Tal era la cuestión... Eran individuos secuestrados, esclavos de la modernidad que había sepultado el don de la imaginación y la fantasía de la creatividad, sin percatarse que en las esquinas de calles y avenidas, en los supermercados, en las tiendas de ropa, en los vestíbulos de los edificios y a sus mismas espaldas, estaban estáticas baterías de teléfonos que aún funcionaban con monedas o con una tarjeta electrónica.
Estos teléfonos prehistóricos hacía tiempo que, pese a su empecinada presencia, eran ignorados. Ahí, pacientes, permanecían latentes, callados, relucientes, anhelantes, prestos para ofrecer su eficaz servicio y aliviar la zozobra de millares de entes que presumían de ser racionales.
Solo aguardaban que una mano descolgara el aurícular y otra depositara en su interior una simple moneda, para que retornara la razón y la pandemia incomunicativa desapareciera como por obra de encanto.

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