Friday, June 13, 2008

LOS FANTASMAS

LOS FANTASMAS

Por Josè Dàvila A.



Sí, era un payaso, un payaso joven...
Se disfrazaba con una peluca de largos rizos rojos. Su cara estaba pintada de blanco con la clásica nariz de bola roja; gruesas cejas de color negro, círculos azulados en las mejillas, y una boca negra y amarilla dibujándole una colosal sonrisa de oreja a oreja. Vestía un saco holgado de cuadros morados y blancos; camisa rosa con lunares morados y corbatín de moño de seda rojo; un pantalón verde con rayas naranjas, zancón y con cintura suelta enganchada de tirantes negros; un par de zapatos blancos de voluminosa puntera rojinegra, idénticos a los que usaba su tío Ignacio en el circo de arrabal.
Cuando se prendía la luz roja del semáforo, él se aparecía frente a los coches. Rápido, con saltos grotescos, intentaba capturar la atención de los malhumorados automovilistas.
Bajo aquella atrevida indumentaria se escondía un cuerpo fuerte, duro, atlético. Torso expandido, cuello de tronco, brazos de hierro y piernas que eran dos columnas de granito. Cuando en el gimnasio se ejercitaba frente al espejo, los músculos le brincaban con asombrosa facilidad a lo largo y ancho de toda su humanidad. Largas horas, el payaso, le dedicaba al levantamiento de pesas.
En el barrio de Nativitas le apodaban “El Monstruo” y en la casa lo llamaban Luis Ángel. Hijo único, de 21 años de edad, luego de reprobar la escuela preparatoria, se negó a seguir estudiando y se convirtió aprendiz de mecánica en el pequeño taller de coches que tenía su padre. Sin embargo, según él, se preparaba para ser galán de cine. Las tareas automotrices las compaginaba con las visitas al gimnasio, en donde hacía cuerpo para lucir bien en la pantalla. Sin embargo, el sueldo de principiante era bajo y la jornada agotadora. Pronto se hartó de hacer “talachas”.
–Estudias o trabajas. ¡En esta casa no quiero vagos! –advirtió tajante el padre.
–Pues ni lo uno ni lo otro –respondió mandón el hijo y agarró camino para los estudios de cine, convencido de trabajar en la primera película que le propusieran. Luego de largos meses de desilusión y fracaso en el mundo cinematográfico, su presentación artística fue en la esquina de Puente de Alvarado y Guerrero, céntrico y conflictivo crucero vial en donde se le escapaba la existencia.
Lanzando pelotitas al aire, haciendo magia con un viejo sombrero de fieltro gris, y desapareciendo el as de espadas bajo el sobaco, sin saberlo, empezó a conformarse, a perderse todos los días en oleadas de automóviles y transeúntes estresados. Nubes de humo, calores asfixiantes y olores podridos, le envolvían. Entre gritos, maldiciones y bocinazos, extraviaba la identidad. En cada alto del semáforo, ofrecía su actuación, plana y breve. Nadie le aplaudía ni se reía; menos aún, le veía de verdad. Luis Ángel era un fantasma en un escenario gris, cruento y mundano. Sin embargo, luego de tres o cuatro horas de tráfago, alcanzaba a reunir buenos pesos.
Después de todo a Luis Ángel no le iba tan mal: no madrugaba, no cambiaba mofles ni parchaba llantas; no checaba tarjeta, no tenía jefe ni pagaba impuestos al fisco. Feliz de la vida, cumplido el horario, se iba al gimnasio a pulir figura, a forjar volumen, sin importarle que doña Meche, la cocinera de la fonda de don Erasto, diario le echara en cara:
-Vergüenza te debía de dar Luis Ángel: ¡tan joven y aventando pelotitas en la esquina! Prefieres hacerla de cirquero que buscarte un trabajo de verdad. ¿De qué te sirve lo garrudo?
-Usted no sabe nada doña Meche, ya está antigua –respondía indiferente el payaso.
En la esquina opuesta, en el jardín de San Fernando, todas las mañanas tres mujeres otomíes, bajo la sombra de un árbol, se sentaban a platicar, a coser muñecas de trapo, a ver pasar el día, y a comer pedazos de zanahorias tiernas. Marcaban su territorio con bolsas de ropa vieja, pedazos de pan duro, cacharros de cocina, mamilas, sonajas, y juguetes rotos para entretener a la chamacada.
Sin preocupación, la vida les pasaba por encima. De la primera indígena, un bebé mamaba de un seno agotado; de la segunda, un chiquillo sucio y moquiento dormía sobre el faldón; de la tercera, dos de sus chamacos culebreaban entre los automóviles. El mayor, acaso siete años de edad, como robotito, pedía para una torta. La menor, una niña de escasos cinco años, con el moco de fuera y un pedacito de franela, tan pequeño como su corazón, simulaba limpiar el espejo lateral de los coches y pedía para el refresco. Ellos también eran fantasmas de la gran ciudad; fantasmas con la niñez robada, con la identidad perdida y la ilusión secuestrada. Era difícil atenderles y fácil negarles la caridad. En tanto, al otro lado del crucero, el joven payaso se echaba los pesos a la bolsa.
Cansado de limosnear en vano, el chiquillo tomó de la mano a la hermana y la llevó bajo la fronda del árbol. Buscó rápido en una de las bolsas y sacó un cartoncito con pastillas de pintura de agua. Seguro de sí, primero escupió sobre la roja, luego sobre la negra, y después sobre la blanca, la amarilla y la azul. A continuación tomó un pincel mocho, para restregarlo en las pastillas hasta sacar color. Se acercó al rostro de la niña y le empezó a pintar: las cejas negras, la nariz y los cachetes rojos y la boca azul, blanca y amarilla.
-¿Pa' qué me pintas?–preguntó.
Señalando al payaso, le respondió: "Pa' que de grande seas como él y ganes mucho dinero...".
Luego, teniendo por espejo la ventanilla de un automóvil, él también se pintó las cejas negras, la nariz y los cachetes rojos, y la boca azul, blanca y amarilla.

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